Tres encajes de Croacia: Pag, Lepoglava y Hvar
Hay países donde el encaje parece cambiar de paisaje sin dejar de ser encaje. En Croacia, una misma palabra reúne tres tradiciones muy distintas: la labor de aguja de la isla de Pag, el encaje de bolillos de Lepoglava y la sorprendente pieza vegetal de Hvar. Las tres fueron inscritas por la UNESCO en 2009 como patrimonio cultural inmaterial, y las tres cuentan algo de la comunidad que las mantiene vivas.
Tres lugares, tres maneras de trabajar
La ficha de la UNESCO explica que esta inscripción no se refiere a una única técnica. Pag, en la costa del Adriático, conserva un encaje de aguja. Lepoglava, en el norte del país, trabaja con bolillos. Hvar, en una isla dálmata, guarda una labor hecha con fibras extraídas del áloe. El mapa ayuda a entenderlo: no es una receta que viaje igual por todas partes, sino una familia de oficios que adopta los materiales y los gestos de cada lugar.
También comparten algo esencial. Durante generaciones, fueron sobre todo mujeres de zonas rurales quienes hicieron estas labores y las convirtieron en un ingreso complementario. La pieza terminada podía servir para vestir, adornar una casa o acompañar una ceremonia, pero el conocimiento necesario para crearla tenía además una dimensión social. Se aprendía mirando, repitiendo y conversando.
Pag: dibujar con aguja sobre una telaraña
El encaje de Pag parte de un patrón que recuerda a una tela de araña. Sobre esa base se bordan motivos geométricos con aguja. La UNESCO señala que se utilizó primero para prendas eclesiásticas, manteles y adornos de vestir. Hay algo especial en esta técnica: el dibujo no nace del cruce de bolillos, sino de pequeñas puntadas que van construyendo una red.
La transmisión tradicional también merece atención. Las mujeres mayores organizan cursos de un año para enseñar la labor. El dato cuenta mucho más que una fecha: muestra que la continuidad necesita tiempo, compañía y una persona dispuesta a explicar por qué un hilo pasa justo por ahí. Para quien hace bolillos, es una invitación a reconocer el mismo pulso paciente en otra herramienta.
Lepoglava: el paisaje de los bolillos
En Lepoglava sí encontramos el gesto que nos resulta familiar: hilos enrollados en bolillos que se trenzan y se cruzan sobre un patrón. La oficina de turismo de la ciudad describe un encaje de algodón blanco y beige, trabajado sobre un almohadón redondo y adornado con motivos geométricos, flores y animales. Los dibujos pueden ser densos o muy abiertos, de modo que el relieve y el aire formen parte del resultado.
La tradición se consolidó con fuerza entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX. La divulgación local destaca el papel de Zlata Šufflay y de Danica Brössler, vinculadas a la organización de la enseñanza y a la evolución de los diseños. Conviene leer estos nombres con cuidado: no sustituyen a las numerosas artesanas que hicieron posibles las piezas, pero ayudan a seguir el hilo de cómo un saber doméstico se convirtió también en una identidad reconocible.
Cada septiembre, Lepoglava celebra un festival internacional del encaje. La fecha concreta cambia según el año, así que es mejor consultar la agenda oficial antes de preparar una visita. El interés del festival está en reunir exposiciones, talleres y encuentros: el encaje se observa, se explica y se practica.
Hvar: una fibra que guarda la isla
La tercera tradición parece salida de un cuento botánico. En Hvar, las monjas benedictinas elaboran encaje con finos hilos extraídos de la parte interior de las hojas de áloe. Esos hilos se disponen en una red o sobre un patrón de cartón. La materia prima cambia por completo la conversación: aquí el encaje no comienza con algodón o lino, sino con una planta que crece en el entorno insular.
La UNESCO lo presenta como un símbolo de Hvar. No hace falta exagerar la fragilidad para comprender su singularidad. Basta imaginar la preparación de la fibra, el cuidado de cada hebra y el conocimiento de cuándo está lista para trabajarse. Una labor así une paisaje, oficio y memoria en una sola pieza.
Patrimonio que sigue aprendiendo
Que estas tres técnicas estén en una lista internacional no significa que hayan quedado congeladas. La propia UNESCO habla de tradiciones vivas. Siguen cambiando los usos, las formas de enseñar y las personas que se acercan al oficio. Algunas piezas conservan funciones tradicionales; otras se convierten en pequeños cuadros, adornos o regalos.
Para nosotras, la lección es cercana. Un encaje no vive únicamente en una vitrina ni en una fotografía bonita. Vive cuando alguien prepara el hilo, pregunta por un punto, corrige una tensión y vuelve a intentarlo. Pag, Lepoglava y Hvar recuerdan que la diversidad también puede caber en una mesa de labores.
Si alguna vez viajamos por Croacia, podemos buscar estos lugares con calma y consultar sus museos, asociaciones y oficinas de turismo. Y si el viaje queda lejos, siempre podemos acercarnos desde nuestro propio mundillo: mirar una pieza, pensar en sus materiales y dejar que los bolillos nos cuenten que el patrimonio, igual que el hilo, se conserva mejor cuando sigue pasando de mano en mano.

