Ret fi: el delicado encaje blanco que lleva el nombre de Arenys
Hay encajes que invitan a acercarse un poquito más. Desde lejos parecen una nube blanca; al mirarlos despacio, aparecen la malla, los pequeños dibujos y todo ese trabajo que apenas pesa, pero ocupa tantas horas. El ret fi, también conocido como punta de Arenys, pertenece a ese mundo delicado. Su historia nos lleva al Maresme y nos propone una escapada muy nuestra: descubrir un lugar siguiendo el hilo de sus bolillos.
Un encaje con nombre de lugar
La guía del Museu Marès de la Punta en Visitmuseum sitúa el desarrollo del ret fi entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Es un encaje blanco, realizado con algodón o lino, que nació en una comarca donde las puntas finas tenían una larga tradición. Arenys le dio nombre, aunque para entenderlo conviene mirar tanto hacia Arenys de Mar como hacia Arenys de Munt.
Su parentesco con otras labores europeas ayuda a situarlo: la misma guía relaciona sus diseños geométricos con técnicas como Lille, Malinas o Tønder. Resulta bonito pensar que, incluso cuando cada localidad cuidaba su manera de trabajar, los encajes también compartían un lenguaje. Una pieza podía tener acento propio y, al mismo tiempo, conversar con otras hechas muy lejos.
La gracia de dejar pasar la luz
El Ayuntamiento de Arenys de Munt describe una variedad de blonda de fondo de tul, adornado con punt d’esperit y trabajado con hilo de algodón blanco muy fino. También recoge el empleo de lino y distingue estos materiales de la seda. Son detalles que nos ayudan a mirar más allá de la impresión de delicadeza.
Para disfrutarlo no hace falta reconocer cada punto. Podemos empezar por observar cuánto espacio ocupa el dibujo y cuánto deja libre, cómo se recorta el borde o dónde se detiene la mirada. Si hacemos bolillos, seguramente nos vendrán preguntas sobre la tensión y el recorrido del hilo. Si todavía no los hacemos, basta con regalarle unos minutos: una labor tan menuda agradece que no pasemos de largo.
Detrás de la belleza había un oficio
La historia municipal recuerda a los randers, comerciantes que recorrían poblaciones comprando encajes a las puntaires. Algunos también dibujaban y preparaban patrones. Así, el trabajo del mundillo formaba parte de una red en la que intervenían manos, diseños y ventas. La finura que hoy admiramos estuvo ligada a la economía de muchas familias.
La exposición histórica Un mar de tul, que pudo visitarse hasta mayo de 2021, abordó precisamente las dimensiones técnica, artística, social y económica del ret fi. El museo puso el foco en las mujeres anónimas que lo tejieron, en quienes lo comercializaron y en quienes podían permitirse adquirirlo. Recordarlo cambia un poco nuestra mirada: detrás de un borde precioso hubo también trabajo y necesidad.
Por eso merece la pena preguntarnos por las personas, además de por los puntos. ¿Quién dibujó aquella pieza? ¿Quién la hizo? ¿Para qué se encargó? A veces una ficha conserva las respuestas y otras veces quedan huecos. Respetar esos silencios también es una forma de cuidar la memoria del encaje.
Una parada en el museo
Para seguir esta historia, el Museu Marès de la Punta, en Arenys de Mar, ofrece un recorrido por labores de distintas épocas y procedencias. Abrió sus puertas el 13 de marzo de 1983 a partir de la colección de Frederic Marès. Entre los tipos de piezas que presenta hay cuellos, pañuelos, abanicos, mantillas y chales: distintas maneras de llevar el encaje a la vida cotidiana y a las ocasiones especiales.
El museo también conserva trabajos de la Casa Castells, activa en Arenys de Mar entre 1862 y 1962, y diseños relacionados con sus creaciones. Ver un dibujo junto a una labor terminada es una buena invitación a detenerse. Entre ambos hay decisiones que una mirada rápida no alcanza a descubrir.
Si organizas una visita, consulta antes la información vigente del museo y reserva un rato sin prisas. No hace falta convertir la salida en una lección: puedes elegir una pieza, fijarte en un detalle y llevarte una pregunta para comentarla después con tus compañeras de labores.
Volver al mundillo con otra mirada
Quizá esa sea la mejor compañía para regresar a casa: una curiosidad nueva. El ret fi nos acerca a una tradición concreta, pero también nos recuerda algo familiar. En el encaje, lo que parece ligero puede guardar mucho tiempo. La próxima vez que miremos una puntilla blanca, tal vez nos quedemos un instante más, buscando el pequeño dibujo que antes se nos había escapado.
