Yak lace: el encaje victoriano que no siempre llevaba pelo de yak
Su nombre parece llevarnos hasta las montañas de Asia, pero el llamado yak lace guarda una pequeña trampa. Este encaje negro, popular en la Inglaterra victoriana, no siempre se hacía con pelo de yak. Una pieza conservada por el Pitt Rivers Museum de Oxford está trabajada con lana de oveja peinada. Su historia reúne moda, luto, economía doméstica y la capacidad de las encajeras para adaptar los bolillos a materiales poco habituales.
Un nombre exótico para una labor muy inglesa
Un diccionario de 1913 definía el yak lace como un encaje grueso de almohadilla elaborado con el pelo sedoso del yak. Sin embargo, el ejemplar estudiado por el Pitt Rivers Museum cuenta otra historia. Lo hizo una señora Campbell de Bicester, en Oxfordshire, con lana peinada de oveja, y el museo considera que probablemente representa bien la producción corriente de este tipo de labor.
La palabra “yak” pudo funcionar como una etiqueta comercial atractiva para distintas pasamanerías oscuras y lanosas. Más que garantizar una fibra concreta, evocaba una textura abrigada y un origen lejano. La pieza de Bicester nos invita así a mirar el material antes que el nombre: bajo esa denominación pintoresca aparece una solución práctica, barata y perfectamente adaptada a la ropa de su tiempo.
Torchon de lana, rápido y geométrico
Técnicamente se trata de un encaje de bolillos Torchon muy sencillo. Su dibujo geométrico descansa sobre una malla ancha, fácil de leer y relativamente rápida de trabajar. En el borde, o cabeza, aparecen abanicos con un bloque casi acorazonado realizado en medio punto. No busca la ligereza de un tul finísimo ni el modelado minucioso de un encaje floral. Su belleza nace del ritmo, del contraste y de una estructura franca.
La lana cambia la experiencia de la encajera. Frente al lino, posee elasticidad, volumen y una superficie más suave. Al retirar los alfileres, el tejido puede contraerse con fuerza; el estudio del museo señala que la muestra queda reducida aproximadamente a dos tercios del tamaño que tenía tensada sobre la almohadilla. El picado y la tensión, por tanto, deben anticipar ese movimiento. Lo que parece amplio bajo los alfileres termina más compacto al liberarse.
Negro para el luto y cálido para el invierno
Los encajes de lana se conocían desde el siglo XVII, aunque alcanzaron mayor popularidad a mediados y finales del XIX. El yak lace servía como adorno económico para ropa interior, vestidos de bautizo, prendas infantiles de invierno y ropa exterior. Las variantes más bastas podían rematar cortinas. Era un encaje útil, visible y asequible, preparado para acompañar objetos cotidianos en lugar de reservarse a una vitrina.
Su versión negra encontró un lugar particular en la sociedad victoriana. Las normas de luto podían exigir a hombres, mujeres y niños vestir tonos negros u oscuros durante largos periodos, en ocasiones hasta dos años después de la muerte de un familiar. Aquella costumbre alimentó una demanda constante de adornos sobrios hechos con materiales modestos. Una cenefa negra de lana permitía decorar una prenda sin romper el lenguaje del duelo.
También ayudó la moda de vestir lana por razones de salud. En la década de 1880, el zoólogo alemán Gustav Jaeger promovió sus prendas de lana como higiénicas y saludables. Sus ideas circularon mediante tienda y catálogos en Londres, y el nombre comercial acabó en manos de Lewis Tomalin, vinculado después a la conocida casa de moda Jaeger. El humilde encaje compartía así escaparate con una nueva manera de presentar la lana al público urbano.
La memoria de una encajera de Bicester
Bicester fue uno de los centros encajeros de Oxfordshire. Durante el siglo XIX, muchas mujeres de los Midlands trabajaron largas jornadas en casa para comerciantes que aportaban hilo y patrones y fijaban el precio de la pieza terminada. La competencia del encaje mecánico redujo salarios y mercados. En ese contexto, una labor sencilla y rápida como el yak lace no era una curiosidad menor: era una respuesta para producir un adorno que todavía pudiera venderse.
La muestra de la señora Campbell fue comprada en 1900 y donada al museo en 1917 por Henry Balfour. Ha sobrevivido como un fragmento pequeño, pero permite seguir muchos hilos a la vez: el trabajo femenino, la moda del luto, el comercio de nombres exóticos y la búsqueda de alternativas ante las máquinas.
Hoy puede inspirar también una mirada técnica. Trabajar un diseño Torchon con lana obliga a aceptar que la fibra tiene voluntad propia: se estira, se recoge y suaviza el dibujo. Ahí reside su encanto. El yak lace demuestra que el encaje de bolillos no vive solo de hilos finos y blancos. También puede ser oscuro, cálido y doméstico, y convertir una modesta hebra de lana en memoria social.
