Ipswich: el encaje americano que llegó a las manos de Hamilton
Entre los papeles de Alexander Hamilton se conserva algo inesperado: pequeñas tiras de encaje negro realizadas por mujeres de Ipswich, Massachusetts. Llegaron allí como prueba de que la joven nación americana también sabía convertir hilo, tiempo y destreza en una industria. Más de dos siglos después, aquellas muestras siguen poniendo nombre y textura a cientos de trabajadoras casi anónimas.
Una industria americana nacida sobre la almohadilla
No se sabe con exactitud cuándo empezó a hacerse encaje en Ipswich. El National Museum of American History documenta que en 1768 ya tenía suficiente valor como para pagar mercancías: un comerciante anotó que cinco yardas de algodón estampado serían abonadas con encaje elaborado por una familia durante cinco semanas.
La labor se hacía en casa, en intervalos que debían encajar entre el cuidado familiar y otras obligaciones. Mujeres y niñas manejaban una almohadilla cilíndrica rellena de hierba marina o paja, cubierta con lino tejido en el hogar. Sobre ella colocaban un patrón de pergamino o cartón entelado, clavaban alfileres y cruzaban hilos sujetos a bolillos sencillos de madera, caña o bambú.
Las cifras que viajaron hasta Hamilton
En 1789, el Congreso encargó al secretario del Tesoro Alexander Hamilton un estudio sobre las manufacturas de los nuevos Estados Unidos. El reverendo Joseph Dana reunió los datos de Ipswich y, en enero de 1791, informó de una actividad sorprendente: unas seiscientas personas hacían encaje con mayor o menor dedicación.
Entre agosto de 1789 y agosto de 1790 habían producido 41.979 yardas, cerca de 38 kilómetros. El trabajo estaba valorado en más de 1.869 libras, aunque transporte y márgenes comerciales reducían la cantidad que finalmente llegaba a las encajeras. En una población pequeña, aquella producción representaba una aportación económica considerable y confirma que no era una simple distracción doméstica.
Dana envió treinta y seis muestras para que pudieran examinarse: veintidós de seda negra y catorce de lino blanco. Propuso que después pasaran al presidente y a su esposa, aunque quedaron guardadas con la correspondencia de Hamilton. La Biblioteca del Congreso conserva veintiuna de las muestras negras, hechas entre 1789 y 1790.
Seda negra, lino blanco y fondos geométricos
El encaje de Ipswich era generalmente una puntilla estrecha destinada a capas, capuchas, chales y otras prendas. La seda negra creaba un adorno elegante y práctico sobre tejidos oscuros, mientras el lino blanco ofrecía un aspecto más ligero. Los hilos finos probablemente llegaban de Europa, porque la producción local no alcanzaba todavía la calidad necesaria.
Las piezas conservadas muestran diseños continuos, con motivos geométricos y fondos construidos mediante cruces y vueltas. Un borde negro custodiado por el Smithsonian utiliza el llamado kat stitch o fondo de París, y reserva el fondo de punto para determinados rellenos. La sobriedad del color hace que la estructura se vea con claridad: rombos, diagonales y pequeñas formas se suceden como una escritura textil.
Elizabeth Lord Lakeman y una almohadilla que sobrevivió
La historia adquiere rostro gracias a Elizabeth Lord Lakeman, nacida en Ipswich en 1767. Su almohadilla, bolillos y patrón llegaron al Smithsonian a través de una bisnieta. Lakeman trabajó con ellos durante gran parte de su vida; la labor que quedó colocada en la almohadilla pertenece aproximadamente a 1860, cuando ella era ya una mujer mayor.
El patrón mide lo suficiente para rodear la almohadilla, cuya circunferencia ronda los 75 centímetros. Este detalle explica una característica del trabajo: al avanzar una puntilla larga, el picado podía envolver el cilindro y permitir una producción continua. Los alfileres de latón eran valiosos y los materiales se aprovechaban con cuidado, incluso cubriendo la almohadilla con retales de ropa usada.
El final comercial y la memoria recuperada
A comienzos del siglo XIX cambiaron las modas y llegaron los encajes mecánicos. Ipswich intentó adaptarse con fábricas de red en 1824 y 1828; algunas encajeras decoraron, remendaron y lavaron aquellos tejidos, pero las empresas cerraron pocos años después. La industria manual nunca recuperó su antiguo volumen.
Sin embargo, las muestras enviadas a Hamilton evitaron que aquella historia desapareciera. Hoy permiten reconstruir patrones y estudiar puntadas concretas, pero también medir un trabajo colectivo que rara vez dejaba firma. Cada tira de seda negra conserva algo más que un dibujo: guarda las horas que cientos de mujeres encontraron entre sus tareas para sostener una economía con los bolillos.

