Bolillos con memoria: cuentas y secretos en la almohadilla inglesa
Un bolillo puede ser mucho más que el soporte de un hilo. En las almohadillas inglesas del siglo XIX, cada pieza podía guardar un nombre, una declaración de amor, una cuenta comprada en una feria o el botón de un uniforme. Los aros de abalorios que tintineaban en sus extremos ayudaban a trabajar, pero también convertían el conjunto en una memoria familiar que acompañaba a la encajera durante años.
Una almohadilla donde ningún bolillo era igual
En los grandes centros encajeros de Bélgica, Flandes o Francia era habitual trabajar con numerosos bolillos sencillos e iguales. En los Midlands ingleses ocurrió algo diferente. Las encajeras reunían piezas de madera o hueso talladas, pintadas, rodeadas de alambre, adornadas con estaño o marcadas con nombres y fechas. Al extenderlas sobre la almohadilla, cada juego mostraba la historia de su dueña.
El Pitt Rivers Museum de la Universidad de Oxford conserva más de mil objetos relacionados con el oficio, desde encajes y bolillos hasta alfileres, pergaminos, tijeras y antiguas lámparas para concentrar la luz. Una colección especialmente cercana es la de Mrs. M. Butler, procedente de Launton, un pueblo encajero de Oxfordshire.
El conservador Henry Balfour adquirió en 1903 treinta bolillos, muestras y patrones que habían pertenecido a Mrs. Butler. Una de sus piezas de Bucks Point está fechada en 1840, cuando ella tenía trece años. Sus utensilios permiten acercarse no solo a la técnica de una joven encajera, sino a las relaciones y recuerdos que fue acumulando.
Qué era un spangle
Los bolillos típicos de los Midlands medían unos nueve o diez centímetros y terminaban en un aro de cuentas llamado spangle; en algunas zonas de Oxfordshire recibía el nombre de jinkum. El adorno tenía una utilidad concreta. Añadía peso para mantener la tensión del hilo y frenaba el bolillo sobre la tela, evitando que rodara por el costado de la almohadilla y se enredara con los demás.
Muchas cuentas se fabricaban expresamente con una superficie rugosa. Las conocidas como square cuts podían marcarse con una lima mientras el vidrio permanecía caliente, de modo que se agarraran mejor al tejido. Eran caras: en la década de 1870 una sola podía costar cuatro peniques, mientras una encajera ganaba entre tres y nueve chelines por semana.
Para ahorrar, algunas trabajadoras compraban collares baratos en ferias y tiendas de pueblo y reutilizaban sus cuentas. También incorporaban botones, conchas, monedas y pequeños recuerdos. En los bolillos de Mrs. Butler aparecen botones de uniformes de los Royal Marines y de la Royal Navy. Quizá pertenecieron a familiares, aunque el museo señala que ya no es posible conocer su procedencia exacta.
Nombres, amor y noticias grabadas
El hueso era apreciado para las inscripciones porque resistía bien y hacía visible el texto. Uno de los bolillos de la colección lleva perforado el nombre «Hannah» y conserva tinta roja en las letras. Otros ejemplos ingleses recordaban nacimientos y muertes, incluían bendiciones religiosas o mensajes como «No me olvides».
Los bolillos eran regalos frecuentes entre enamorados. Un joven podía encargarlos a un artesano o tallarlos él mismo, de manera que el objeto cotidiano se transformaba en una declaración de afecto. También circularon piezas con lemas electorales, obsequios de comerciantes a sus mejores trabajadoras e incluso recuerdos de acontecimientos públicos. La almohadilla funcionaba así como un pequeño archivo de la vida local.
Artesanos alrededor de las encajeras
La fabricación de bolillos constituyó un oficio propio, ejercido sobre todo por hombres y transmitido a veces dentro de una misma familia. Estos artesanos recorrían pueblos con modelos sencillos de madera y otros más caros de hueso. A su alrededor trabajaban fabricantes de almohadillas, carpinteros que construían soportes y productores de cuentas.
Algunos modelos exigían una habilidad sorprendente. Los bolillos llamados «ventana de iglesia» tenían cuatro aberturas alargadas y encerraban otro bolillo diminuto que se deslizaba y sonaba al trabajar. Las incrustaciones de estaño brillaban como plata y el alambre de latón adquiría un tono dorado con el uso.
Una herramienta que también cuenta
El encaje terminado suele recibir toda la atención, pero estos bolillos recuerdan que las herramientas también hablan. Su desgaste muestra años de trabajo; las cuentas explican cómo se controlaba la tensión; los nombres y botones revelan afectos, viajes y economías modestas. Juntos componen un retrato de las miles de mujeres que vivieron del encaje en los Midlands hasta mediados del siglo XIX.
Cada cruce movía hilos, pero también hacía sonar ese pequeño inventario personal. Por eso los spangles no fueron un lujo añadido sin más. Ayudaban a ordenar la labor y, al mismo tiempo, permitían que la encajera llevara consigo a su familia, sus recuerdos y una parte de su mundo.
