Cantù: el encaje lombardo que habla con palabras propias
En Cantù, al norte de Italia, el encaje tiene un vocabulario propio. Los bolillos son oss, el almohadón cilíndrico es ul cussin y el pequeño cartón perforado que guía la labor se llama cartina. Estas palabras cuentan algo importante: el pizzo canturino no es una pieza de museo detenida en el tiempo, sino un saber compartido durante generaciones en casas, talleres y escuelas de la Lombardía.
Una tradición antigua con prudencia histórica
La tradición local atribuye la llegada del encaje a las benedictinas de Cluny. Sin embargo, la propia Ciudad de Cantù advierte que no existe documentación suficiente para demostrar ese origen. Sí se conserva la referencia a un puño trabajado en punto de tela, fechado hacia finales del siglo XVII, y hay documentos de 1688 sobre centros de educación femeninos en los monasterios locales.
Contar la historia con esa cautela no le resta belleza. Al contrario, permite separar la leyenda de lo que puede probarse y observar cómo el oficio fue creciendo. A finales del siglo XVIII y durante el XIX, la producción alcanzó un desarrollo notable y dio trabajo a generaciones de mujeres, a menudo como complemento imprescindible de la economía familiar.
Del hogar a la escuela de arte
El Archivo de Etnografía e Historia Social de Lombardía calcula que a comienzos del siglo XIX trabajaban en Cantù unas setecientas mujeres dedicadas al pizzo. La labor se repartía entre muchas casas y después se reunía en la ciudad para su comercialización. De esa concentración procede también el nombre de pizzo di Cantù, aplicado a la producción de un territorio más amplio.
En 1882 abrió la Escuela de Arte Aplicada a la Industria, con una sección dedicada al mueble y otra al encaje. El dibujo unía ambos oficios: antes de mover los bolillos había que comprender la forma, organizar los recorridos y traducir una idea al lenguaje preciso del cartón perforado. En 1900 nacieron las Manifatture Riunite Merletti, señal de una producción ya organizada a mayor escala.
El pequeño mundo del tombolo
El encaje se trabaja sobre un almohadón cilíndrico relleno de paja. Este se apoya en un caballete y se mantiene inclinado mediante una tablilla. Los hilos, normalmente de algodón, lino o seda, se enrollan en bolillos de madera y se cruzan por parejas. Los alfileres fijan los puntos de avance y ayudan a conservar la forma.
Bajo los hilos se coloca la cartina, donde el dibujo ha sido perforado por una especialista. Esa tarea, llamada spuntatura, no consiste simplemente en hacer agujeros: decide dónde se apoyará la estructura y cómo se leerá el recorrido. En algunos pasos se utiliza también un pequeño ganchillo para realizar uniones o recuperar lazadas.
Muchas manos antes de una sola pieza
La tradición distingue varias funciones. La dibujante crea el proyecto; la spuntatrice organiza los puntos del cartón; la encajera interpreta ese mapa sobre el almohadón. A veces pensamos en el encaje como una labor completamente individual, pero una pieza puede reunir conocimientos de distintas personas antes de llegar a su forma definitiva.
Durante mucho tiempo, las niñas aprendieron en casa o con maestras que organizaban pequeños talleres domésticos. El trabajo se hacía por encargo, con hilos y patrones suministrados por comerciantes o manufacturas. La destreza era enorme, aunque la remuneración no siempre correspondía al tiempo y la dificultad empleados.
Cómo reconocer el estilo canturino
No existe un único punto que resuma toda la tradición. El inventario regional incluye encajes de hilos continuos y variedades como Milano antiguo, Venezia o Cantù clásico, mimosa, Rosalin y punto ornato. Comparten el cuidado del diseño, la combinación de zonas densas y abiertas y una ejecución capaz de adaptarse a prendas, mantelerías, cortinas o paramentos.
Una pieza catalogada por Lombardia Beni Culturali muestra bien ese lenguaje: lino natural, trabajo de bolillos a hilos continuos, una cinta en punto de tela y conexiones mediante pequeñas barras. El motivo sinuoso forma una granada. El dibujo parece libre, pero cada curva depende de una tensión muy controlada.
Del lujo doméstico al merletto d’arte
En la primera mitad del siglo XX se realizaron grandes manteles, colchas, cortinas y piezas religiosas que llevaron la fama de Cantù fuera de Italia. En los años treinta aparecieron también los llamados merletti d’arte, obras figurativas nacidas del diálogo con artistas y arquitectos. El encaje dejó de limitarse al repertorio heredado y exploró nuevas composiciones.
Esa capacidad de adaptación sigue siendo una de sus fuerzas. El material puede ser humilde y el gesto, repetido durante siglos, pero el dibujo continúa abierto a cada época. Hoy la comunidad incluye encajeras profesionales y aficionadas, maestras, dibujantes, especialistas en perforar patrones y aprendices.
Un patrimonio que continúa en movimiento
La transmisión actual se apoya sobre todo en escuelas y asociaciones del territorio. La Bienal Internacional del Encaje de Cantù, organizada desde 1992, ha creado además un espacio para estudiar la historia, mostrar obras y relacionar tradición con creación contemporánea. La ciudad trabaja también en un museo dedicado al mueble y al encaje, dos artes que comparten diseño y paciencia.
Mirar el pizzo canturino de cerca es descubrir una cadena completa de decisiones: el dibujo, los agujeros, la elección del hilo, la posición de cada alfiler y el movimiento de los pares. Su verdadera riqueza no está solo en la pieza terminada. Vive en el saber que permite repetirla, explicarla y transformarla sin perder la voz de Cantù.
